La corrosión de las armaduras es, con diferencia, la patología más frecuente y costosa del hormigón armado. Cuando el acero embebido se oxida, aumenta de volumen, fisura el recubrimiento y provoca desprendimientos que comprometen la capacidad portante de la estructura. Detectarla a tiempo es la diferencia entre una reparación localizada y una intervención estructural mayor.
Por qué se corroen las armaduras
En condiciones normales, el hormigón protege al acero gracias a su alta alcalinidad (pH ~13), que forma una capa pasiva. Esa protección se pierde por dos mecanismos principales:
- Carbonatación: el CO₂ atmosférico reduce el pH del hormigón. Cuando el frente de carbonatación alcanza la armadura, esta se despasiva.
- Ataque por cloruros: habituales en ambientes marinos o por sales de deshielo. Los cloruros rompen la capa pasiva de forma localizada (corrosión por picadura).
Cómo se diagnostica
Un diagnóstico riguroso combina inspección visual y ensayos:
- Mapa de daños y medición de fisuras y desprendimientos.
- Profundidad de carbonatación con fenolftaleína sobre testigo.
- Contenido de cloruros por análisis químico.
- Potencial de corrosión y medición de recubrimientos (pacómetro).
Reparación según UNE-EN 1504
La norma UNE-EN 1504 define los principios y productos para la protección y reparación del hormigón. Un proceso tipo incluye:
- Sanear el hormigón degradado hasta material sano.
- Limpiar y pasivar las armaduras (o sustituir las que han perdido sección).
- Aplicar puente de unión y mortero de reparación estructural (clase R4).
- Proteger la superficie frente a futuros agentes agresivos.
Cuando la pérdida de sección compromete la capacidad estructural, la reparación se complementa con refuerzo con fibra de carbono (CFRP) para restituir o aumentar la resistencia.